Estamos en la aldea global. Un bonito nombre, producto de la madre de todas las ciencias de nuestro sistema productivo: la publicidad.
La publicidad lo inunda todo, vayas donde vayas y mires a donde mires allí está; en forma de cartel en una vaya publicitaria, en un autobús, en el limpiaparabrisas del coche, en un furgón estrepitoso que recorre las calles, etc... pero donde más a gusto se encuentra este ser es sin duda en la televisión. Nos hemos convertido en la generación de la pantalla; yo creo que aunque esté apagada, es ver una pantalla y nuestro ser cambia. Nos abduce, nos cautiva, nos embelesa de tal manera que hemos llegado a dar por cierto todo lo que en ella sale sin cuestionarnos si es verdad o no, simplemente ha salido en la televisión y, créanme, sin corroborarlo lo damos por sentado, lo hemos convertido en nuestra fe, y como todo lo que mueve masas en este mundo, ha pasado de ser una ventana al descubrimiento y al crecimiento de la humanidad a convertirse en un negocio que hay que salvar a a toda costa, teniendo en los publicistas a los guias modernos de nuestras vidas. Ahora, en plena crisis, un sector de los medios audiovisuales se han propuesto hacer campaña a favor de sus clientes para que los borregos de a pie les hagamos caso en cuanto oigamos sus "sabias" palabras. No pueden permitir que pensemos por nuestra cuenta y que nos salgamos del camino que ellos habían previsto que andáramos para que le cuadraran los números. A las grandes firmas le importamos una mierda, porque si ellos no venden sus "primeras marcas" seguirán vendiendo las que fabrican para las cadenas de alimentación y distribución. ¿Que pasa? ¿que tenemos que pagar el doble por el mismo producto sólo porque cambie la etiqueta? ¿o es que las marcas blancas no tienen la calidad y no ofrecen las garantías que dicen tener? ¿y cómo sabemos que los superproductos sí?
Una vez más, le van a dar la vuelta a la tortilla de tal manera que se cree una psicosis colectiva en contra de los productos que no interese vender, y ya me imagino las leyendas urbanas, de alguien que tomó yogures con bífidus y l. casei de una marca blanca que eran larvas de mosca o alguna paranoia parecida.
Sinceramente, para que un reino no se pierda, no hace falta que el clavo sea de marca, lo único necesario es que antes de ir a la batalla visite a un herrador.
